Por unos segundos más sus pensamientos se volvieron a llenar
de todo su pasado, de aquello que creía olvidado. Un escalofrío recorrió todo
su cuerpo y notó la piel tanto de sus piernas como de sus brazos de gallina,
abrió los ojos pero solo había oscuridad. Se incorporó ligeramente de su cama,
cogió un paquete de cerillas y encendió una de las velas que había en su
mesita, observó con detenimiento cada uno de los objetos que le permitía ver la
escasa luz de la pequeña vela, como si fuesen nuevos para ella a pesar de ser
los mismos que hacía unas horas. Su respiración estaba acelerada pero poco a
poco se fue normalizando, se frotó los ojos con una de sus manos, aún veía
borroso, la verdad es que por primera vez en varios días había conseguido
dormir aunque fuese un poco, sonrío para sus adentros, significaba un gran
avance para ella.
La casa
estaba en completo silencio, debían de ser las 4 de la mañana, Aine no tenía un
reloj cerca, pero tampoco le importaba en demasía la hora exacta, hacía tiempo
que su vida no dependía de horarios, pocos días antes la tenue luz de la vela
hubiera despertado a su madre, siempre pendiente de cómo se encontraba su
pequeña, siempre alarmándose por la más mínima anomalía en su casa, siempre… No
podía seguir pensando así, era un golpe duro pero ella ya no estaba y Aine no
seguía siendo aquella pequeña de la que tanto cuidaban, si ahora estaba
viviendo sola era por algo, no necesitaba ayuda para superar aquello. Si algo
describía a esta chica a la perfección era su madurez, hacía pocos meses que
había cumplido los 18 años, pero era aún más madura que muchas de las mujeres
ya entradas en años con las que te podrías encontrar en esa ciudad, madura,
inteligente, humilde, soñadora… Siempre comparaba su vida con un cuento de
hadas, quizás no el más feliz, ni tampoco el más emocionante pero eso para ella
era suficiente, pero su cuento de hadas se había cerrado de golpe cuando su
madre se fue, y no solo se había cerrado, sino que parecía que cada una de las
felices historias que en el se narraban se desvanecieron de todos los recuerdos
de la chica.
Suspiró e
intentó olvidar aquellas cosas que la rondaban a esas horas, en el silencio
solo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que colgaba al otro lado de la
habitación, la vela poco a poco se iba consumiendo, se echó en la cama sin
apagar y se tapó con las sábanas, su frío tacto la hizo estremecerse cuando
se posaron sobre sus piernas desnudas de nuevo, sintió el confort de la almohada
en su cabeza de nuevo, y cerró los ojos, cuando los volvió a abrir horas después
se sintió mejor, la habitación estaba iluminada en su mayor parte con la tenue
luz que entraba por la ventana, la vela se había acabado y solo quedaba un poco
de cera, ya fría, sobre el plato en el que se encontraba anteriormente.
Se desperezó
y se levanto de la cama, sintió un olor que le resultaba familiar, olía a una
mezcla de queso y frutas del bosque, se asomó a la ventana corriendo un poco la
cortina y vio que estaban construyendo diferentes puestos a lo largo de la
calle, hizo una serie de cuentas mentales y se dio cuenta ¡el solsticio de
verano! Después de todo casi lo había olvidado, había pasado más tiempo del que
ella pensaba sin salir de esa casa, sin apenas dormir ni alimentarse, decidió
poner fin a esa costumbre y se dirigió al baño para asearse un poco, al ver su
reflejo en el espejo se horrorizó, su cara estaba pálida y en ella resaltaban
unas muy marcadas ojeras, sus pómulos eran diferentes, no tenía aquellas
regordetas y sonrojadas mejillas que le caracterizaban tan bien, y su precioso
y ondulado pelo anaranjado parecía un nido hecho por pájaros cansados, ni si
quiera resaltaba una sola de sus pecas en esa cara, y sus ojos oscuros parecían
de luto. Su cuerpo estaba diferente también, sobre todo su postura, “una
señorita debe caminar erguida” dijo una voz en su cabeza, “vamos levanta esa
barbilla y sonríe deja, que todos vean ese brillo de esos preciosos ojos
marrones”. Sonrió, porque a pesar de todo sabía que ella seguía ahí y lo último
que quería era ver como la decadencia llenaba la vida de su única hija.
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