miércoles, 2 de julio de 2014

El principio.

     Los relatos largos no son lo mío, pero un día un chico me inspiró a escribir algo más (no os lo toméis como algo relacionado con el amor, más bien tomároslo como que fue un amigo que me animó en una mala época, una persona que me hizo pensar que los finales felices son la recompensa para las historias amargas) a partir de ahí empecé una historia, no os prometo nada con esto, pero aquí está lo que yo denominé el prólogo de esta especie de relato.



           Por unos segundos más sus pensamientos se volvieron a llenar de todo su pasado, de aquello que creía olvidado. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y notó la piel tanto de sus piernas como de sus brazos de gallina, abrió los ojos pero solo había oscuridad. Se incorporó ligeramente de su cama, cogió un paquete de cerillas y encendió una de las velas que había en su mesita, observó con detenimiento cada uno de los objetos que le permitía ver la escasa luz de la pequeña vela, como si fuesen nuevos para ella a pesar de ser los mismos que hacía unas horas. Su respiración estaba acelerada pero poco a poco se fue normalizando, se frotó los ojos con una de sus manos, aún veía borroso, la verdad es que por primera vez en varios días había conseguido dormir aunque fuese un poco, sonrío para sus adentros, significaba un gran avance para ella.
            La casa estaba en completo silencio, debían de ser las 4 de la mañana, Aine no tenía un reloj cerca, pero tampoco le importaba en demasía la hora exacta, hacía tiempo que su vida no dependía de horarios, pocos días antes la tenue luz de la vela hubiera despertado a su madre, siempre pendiente de cómo se encontraba su pequeña, siempre alarmándose por la más mínima anomalía en su casa, siempre… No podía seguir pensando así, era un golpe duro pero ella ya no estaba y Aine no seguía siendo aquella pequeña de la que tanto cuidaban, si ahora estaba viviendo sola era por algo, no necesitaba ayuda para superar aquello. Si algo describía a esta chica a la perfección era su madurez, hacía pocos meses que había cumplido los 18 años, pero era aún más madura que muchas de las mujeres ya entradas en años con las que te podrías encontrar en esa ciudad, madura, inteligente, humilde, soñadora… Siempre comparaba su vida con un cuento de hadas, quizás no el más feliz, ni tampoco el más emocionante pero eso para ella era suficiente, pero su cuento de hadas se había cerrado de golpe cuando su madre se fue, y no solo se había cerrado, sino que parecía que cada una de las felices historias que en el se narraban se desvanecieron de todos los recuerdos de la chica.
            Suspiró e intentó olvidar aquellas cosas que la rondaban a esas horas, en el silencio solo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que colgaba al otro lado de la habitación, la vela poco a poco se iba consumiendo, se echó en la cama sin apagar y se tapó con las sábanas, su frío tacto la hizo estremecerse cuando se posaron sobre sus piernas desnudas de nuevo, sintió el confort de la almohada en su cabeza de nuevo, y cerró los ojos, cuando los volvió a abrir horas después se sintió mejor, la habitación estaba iluminada en su mayor parte con la tenue luz que entraba por la ventana, la vela se había acabado y solo quedaba un poco de cera, ya fría, sobre el plato en el que se encontraba anteriormente.

            Se desperezó y se levanto de la cama, sintió un olor que le resultaba familiar, olía a una mezcla de queso y frutas del bosque, se asomó a la ventana corriendo un poco la cortina y vio que estaban construyendo diferentes puestos a lo largo de la calle, hizo una serie de cuentas mentales y se dio cuenta ¡el solsticio de verano! Después de todo casi lo había olvidado, había pasado más tiempo del que ella pensaba sin salir de esa casa, sin apenas dormir ni alimentarse, decidió poner fin a esa costumbre y se dirigió al baño para asearse un poco, al ver su reflejo en el espejo se horrorizó, su cara estaba pálida y en ella resaltaban unas muy marcadas ojeras, sus pómulos eran diferentes, no tenía aquellas regordetas y sonrojadas mejillas que le caracterizaban tan bien, y su precioso y ondulado pelo anaranjado parecía un nido hecho por pájaros cansados, ni si quiera resaltaba una sola de sus pecas en esa cara, y sus ojos oscuros parecían de luto. Su cuerpo estaba diferente también, sobre todo su postura, “una señorita debe caminar erguida” dijo una voz en su cabeza, “vamos levanta esa barbilla y sonríe deja, que todos vean ese brillo de esos preciosos ojos marrones”. Sonrió, porque a pesar de todo sabía que ella seguía ahí y lo último que quería era ver como la decadencia llenaba la vida de su única hija.